jueves, noviembre 30, 2006

Panorama en Santiago

No esperen un buen final..


El calor era insoportable, y el humo de las micros no me dejaba respirar. Iba yo camino al metro, estaba atrasado, pero al parecer a nadie le importaba. Bueno a mi tampoco me importaba que no les importase, sólo quería ¡¡que me dejaran pasar!!. Llegué al metro y al fin me encontraba en el tren, no quedaban asientos disponibles, me fui parado junto a un caballero que leía “el publimetro”, escuchaba música, miraba su reloj cada cinco segundos e incluso se afirmaba del pasamanos. Parecía estar muy concentrado en su lectura, pero la verdad estaba más concentrado en toda la gente que miraba su diario, eso le incomodaba, me di cuenta porque en un momento me sorprendió leyendo uno de los titulares, nuestras miradas chocaron repentinamente y en un impulso medio amorfo el tipo desvió la mirada y cambió la página.
En el metro siempre están todos tristes, la gente que va acompañada conversa de sus asuntos y problemas muy censuradamente, ellos saben que no sólo su acompañante es el que escucha atentamente sino que el vagón entero, no es que sea muy interesante lo que ellos hablan, pero en el metro no hay nada más que hacer.. a menos que te pongas a leer esa pantallita que cuenta chistes fomes y te dice hasta el horóscopo.
Ya sólo me quedan siete estaciones, eso es un poco más de siete minutos, ya lo tengo calculado. Una guagua comienza a llorar en el asiento de al frente, veo a su mamá desesperada por hacerla callar, como si alguien fuera a reclamarle. Es como cuando comienza a sonar tu celular, captas la atención de todos, las miradas de la gente te presionan y tu aun no encuentras el maldito celular, que seguro esta al fondo de la mochila.
Llego por fin a mi estación, la guagua me hizo más corto lo que quedaba de viaje, me bajo justo donde están las escaleras de salida. Eso también lo tengo calculado.


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